Sin querer ser monotemático, pero sí muy apasionado y fiel creyente de la creatividad y la imaginación al servicio de la publicidad, me gustaría dar inicio a este escrito poniendo toda la atención en los seres humanos que aprovechan su demencia para crear, inventar y constituir sus ideas dentro de la cotidianidad de todos aquellos que el ritmo de la vida les pasa por encima como víctimas de realidad.
Pensar en la creatividad publicitaria tiene dos posiciones según el observador; la primera es la de aquel que se deleita y disfruta de un buen comercial en la comodidad de su casa mientras ve televisión, sin pensar cuál fue el proceso que se llevó a cabo detrás de éste. La segunda posición es la de aquel que se tomó el tiempo de la elaboración de dicha pieza; el famoso publicista, quien no sería muy elocuente si no sacara provecho de su creatividad y de su punto de vista frente a la realidad.
Hoy en día, la pasión que despierta la publicidad entre los jóvenes es exagerada y su afán por ser considerados (y reconocidos) como publicistas es notorio. Tal vez la razón por la cual este campo de la comunicación genera tanto encanto, además de las atractivas cifras monetarias que maneja, es porque la principal herramienta que se requiere son las propias ideas de la mente y la validación de un propio estilo que puede ser atractivo al público.
Haciendo referencia a la presentación del área de creatividad publicitaria en la página Web de la Universidad de Palermo, donde mencionan algunas de las características más relevantes de un buen publicista, afirman que “una persona con una gran pasión por la estética y las artes visuales (…) y una gran sensibilidad por todo aquello que se percibe visualmente”, es aquella que puede permitirse indagar el mundo publicitario. Vale la pena resaltar que la única intención clara que debe tener una persona inquieta por el campo de la publicidad es la sensibilidad por la cotidianidad.
Tal vez la mayor virtud que puede tener un ser humano es la de no permitir que la cotidianidad sea sinónimo de aburrimiento; quien esté en la capacidad de descubrirse amante de la vida y del arte y la estética que hay en ella, logrará la transformación de los espacios cercanos por añadidura y sin mayores esfuerzos. Esta es la verdadera labor del publicista: lograr proponer la realidad como una novedad por descubrir y conocer día a día.
La propuesta es sencilla: detengamos el tiempo aburrido y convirtámoslo en divertido, aprovechemos lo que vemos todos los días para descubrirlo todos los días y procuremos que nuestra realidad sea elaborada a partir de la creatividad de nuestras mentes y no de la ley natural de la vida. Seamos los publicistas de nuestras propias vidas para vendernos un espacio más ameno que nos haga sonreír y vivir felices.


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